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La diplomacia científica y la seguridad en la investigación ante un nuevo orden geopolítico

La ciencia y la tecnología son hoy instrumentos de poder en la política exterior de los Estados. La UNESCO identificó la diplomacia científica como la herramienta para garantizar que las medidas de seguridad en la investigación no comprometan la cooperación científica internacional.
apretón de manos

Los intereses geopolíticas dictan cada vez más la dirección de la investigación y la actividad científica, desplazando las ambiciones de progreso social que históricamente han orientado la colaboración científica internacional. Así, la ciencia y la tecnología se han convertido en vectores de influencia en la política exterior de los Estados y en palancas de ventaja competitividad frente a los rivales estratégicos. 

Todo ello ha desplazado el énfais hacia la seguridad nacional y el poder duro, en detrimento de principios como la apertura y el multilateralismo que dan sentido al ecosistema científico internacional. A su vez, ese desplazamiento tiene consecuencias sobre qué se investiga, con quién se colabora y en qué condiciones se comparte el conocimiento. 

Este nuevo paradigma conlleva riesgos y oportunidades en la defensa de los principios de ciencia abierta, y exige marcos conceptuales capaces de facilitar su aplicación práctica en un entorno más complejo que el de hace una década. 

Los retos de la seguridad en la investigación 

En este contexto, la seguridad en la investigación emerge como una respuesta institucional necesaria. Ante riesgos reales y crecientes, como la injerencia extranjera o la transferencia no deseada de conocimiento sensible, que afectan directamente a las colaboraciones científicas internacionales, los Estados europeos y el resto del mundo occidental están desarrollando políticas y estrategias en respuesta. 

Sin embargo, las medidas de seguridad en la investigación se pueden enfrentar a una tensión inherente: aplicadas sin suficiente diálogo con la comunidad científica o sin aplicar el principio de proporcionalidad, pueden acabar reproduciendo la misma lógica de fragmentación que caracteriza el orden gepolítico emergente, dificultando precisamente los accesos y los procesos científicos críticos para los grantes retos globales. El cambio climático o la gestión de pandemias son desafiíos que ningún país puede afrontar en solitario, y que requieren formas de colaboración científica que la presión de la seguridad puede erosionar si no se aplica con cuidado. 

La diplomacia científica como instrumento 

 

partiendo de estos retos, la diplomacia científica emerge como un instrumento que permita que seguridad y apertura coexistan de forma inteligente y proporcionada. El informe del Diálogo Ministerial Mundial sobre Diplomacia Científica celebrado en la UNESCO en marzo de 2025 articuló ese papel en torno a tres líneas de acción concretas.

La primera es el desarrollo de marcos globales que permitan navegar los crecientes desafíos de seguridad sin sacrificar los principios de ciencia abierta. Estos marcos deben tratar la restricciión como excepción justificada, y ser los suficientemente flexibles para adaptarse a la velocidad con que evolucionan tanto las tecnologías como los riesgos asociados a ellas. 

La segunda, y quizás la más estructural, es la facilitación de la diplomacia científica como mecanismo de construcción de confianza entre países. Las redes científicas tienen la capacidad de cultivar lazos colaborativos capaces de resistir las tensiones políticas y las crisis, manteniendo canales operativos incluso cuando las relaciones entre los Estados se deterioran. 

La tercera es el fomento del diálogo entre comunidades científicas y agencias de seguridad, tanto en el plan internacional como en el nacional, para que las políticas de seguridad en la investigación estén alimentadas tanto por la realidad científica como por los factores de riesgo reales. Ese diálogo es la condición para que las medidas de seguridad cumplan su propósito sin convertirse en un obstáculo para la ciencia que pretenden proteger. 

La securitización creciente de la ciencia y la tecnología es un reflejo del mundo en que vivimos. El reto es diseñar medidas de seguridad en la investigación que no comprometan aquello que justifica su existencia: un sistema científico internacional capaz de generar conocimiento compartido y orienta al bien común. 

Es ahí donde precisamente reside el papel de la diplomacia científica. Los grantes retos globales no esperan, y la cooperación científica, construida en muchas ocasiones sobre redes de confianza, es uno de los pocos instrumentos capaces de sostener respuestas colectivas. Por ello, proteger y preservar este instrumento es también una forma de seguridad.